...es como te das cuenta de que algo o alguien de tu vida es muy importante. Quizá te baste una canción, un libro, una imagen... pero te vas a dar cuenta.
En tu cabeza se repite una y otra vez el cuento de la lechera de manera inconsciente y no puedes remediarlo. Callas y callas porque el miedo no te deja hablar, sigues pensando y analizando. Sabes que lo mismo de ahora te ha pasado a lo largo del año, que el tiempo decide y el odio es cariño, y al revés.
Desde un principio sabes los riesgos que corres en este juego. Lo has hablado alguna vez, todo quedó claro. Las circunstancias cambian, pero tú sigues con las mismas ideas claras. Jugar, jugar y jugar. Aquí ganamos todos. Placer.
Piensas en ti. Eres una persona extraña que, poco a poco, va dejando de serlo. En tu cabeza mil historias, infinitas posibilidades, un mismo objetivo. ¿Objetivo? Quizá no sea esa la palabra, no hay definición para ello.
No logras entender cosas de ti. De pronto lloras porque viste fotos, fotos de algo que no existe y ahora es todo para ti. ¿Para ti? No, compartir es vivir, sabes mucho porque te han contado. Repentinamente algo te oprime el pecho, la cabeza se te llena de imágenes, momentos, pasado y futuro unidos de la mano... y tú tienes que huir 5 minutos para volver serena de nuevo y seguir, dejar que fluya.
Y es que, echando el vistazo al principio, te das cuenta que hasta escribiendo reina el caos. La improvisación de las letras que salen solas de dentro, una lleva a la otra y así sucesivamente. ¿Para qué voy a pararlas? Mejor escribir que guardar y guardar.
Tu hombro para mí y el mío para tí...
R.
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